Oración a San Miguel Arcángel

Oración a San Miguel Arcángel

 

San Miguel Arcángel, defiéndenos en el día de la batalla; sé nuestro protector contra la maldad y las asechanzas del demonio. Que Dios lo rechace, te pedimos humildemente; y tu, O Príncipe del Ejército Celestial, por el Poder de Dios, arroja en las profundidades del infierno a Satanás y todos los demás espíritus malvados que vayan por el mundo, buscando la perdición de las almas. Amén.

 

El Papa León XIII instituyo esta Oración a San Miguel Arcángel para la Iglesia Universal. El estableció la recitación de esta oración después de la Santa Misa. Aunque ya no lo es obligatorio, se puede continuar con gran provecho la practica de rezar esta oración después de la Santa Misa como se hacia antes del Segundo Concilio del Vaticano. El Papa Juan Pablo II ha pedido urgentemente que se rece esta oración diariamente:

 

“Quiera Dios que la oración nos fortalezca para la batalla espiritual de la que habla la carta a los Efesios … A esa misma batalla se refiere el libro del Apocalipsis, reviviendo ante nuestros ojos la imagen de San Miguel Arcángel … Seguramente tenía muy presente esa escena el Papa León XIII cuando al final del siglo pasado introdujo en toda la Iglesia una oración especial a San Miguel Arcángel … Aunque en la actualidad esa oración ya no se rece al final de la celebración eucarística, os invito a todos a no olvidarla, a rezarla para obtener ayuda en la batalla contra las fuerzas de las tinieblas y contra el espíritu de este mundo” (Juan Pablo II Regina Caeli domingo 24-abril-1994).

 

Se comenta lo siguiente en un sitio Católico:

 

¿Cómo nació esta oración? Transcribimos lo publicado por la revista Ephemerides Liturgicae en 1955 (pp. 58-59).

El padre Domenico Pechenino escribe: “No recuerdo el año exacto. Una mañana el Sumo Pontífice León XIII había celebrado la santa misa y estaba asistiendo a otra de agradecimiento, como era habitual. De pronto, le vi levantar enérgicamente la cabeza y luego mirar algo por encima del celebrante. Miraba fijamente, sin parpadear, pero con un aire de terror y de maravilla, demudado. Algo extraño, grande, le ocurría.

Finalmente, como volviendo en sí, con un ligero pero enérgico ademán, se levanta. Se le ve encaminarse hacia un despacho privado. Los familiares le siguen con premura y ansiedad. Le dicen en voz baja: “Santo Padre, ¿no se siente bien? ¿Necesita algo?” Responde: “Nada, nada”. Al cabo de media hora hace llamar al secretario de la Congregación de Ritos y, dándole un folio, le manda imprimirlo y enviarlo a todos los obispos diocesanos del mundo. ¿Qué contenía? La oración que rezamos al final de la misa junto con el pueblo, con la súplica a María y la encendida invocación al príncipe de las milicias celestiales, implorando a Dios que vuelva a lanzar a Satanás al infierno”.

En aquel escrito se ordenaba también rezar esas oraciones de rodillas. Lo antes escrito, que también había sido publicado en el periódico La settimana del clero el 30 de marzo de 1947, no cita las fuentes de las que se tomó la noticia. Pero de ello resulta el modo insólito en que se ordenó rezar esa plegaria, que fue expedida a los obispos diocesanos en 1886. Como confirmación de la que escribió el padre Pechenino tenemos el autorizado testimonio del cardenal Nasalli Rocca que, en su carta pastoral para la cuaresma, publicada en Bolonia en 1946, escribe:

“León XIII escribió él mismo esa oración. La frase [los demonios] “que vagan por el mundo para perdición de las almas” tiene una explicación histórica, que nos fue referida varias veces por su secretario particular, monseñor Rinaldo Angeli. León XIII experimentó verdaderamente la visión de los espíritus infernales que se concentraban sobre la Ciudad Eterna (Roma); de esa experiencia surgió la oración que quiso hacer rezar en toda la Iglesia. El la rezaba con voz vibrante y potente: la oímos muchas veces en la basílica vaticana. No sólo esto, sino que escribió de su puño y letra un exorcismo especial contenido en el Ritual romano (edición de 1954, tít. XII, c. III, pp. 863 y ss.). El recomendaba a los obispos y los sacerdotes que rezaran a menudo ese exorcismo en sus diócesis parroquiales. El, por su parte, lo rezaba con mucha frecuencia a lo largo del día”.

 

http://statveritas.com.ar/Liturgia/LaVision.htm

 

Oraciones a San Miguel Arcángel

 

O gloriosísimo San Miguel Arcángel, príncipe y caudillo de los ejércitos celestiales, custodio y defensor de las almas, guardia de la Iglesia, vencedor, terror y espanto de los rebeldes espíritus infernales; humildemente te rogamos, te dignes librar de todo mal a los que a ti recurrimos con confianza; que tu favor nos ampare, tu fortaleza nos defienda y que, mediante tu incomparable protección, adelantemos cada vez más en el servicio del Señor; que tu virtud nos esfuerce todos los días de nuestra vida, especialmente en el trance de la muerte, para que, defendidos por tu poder del infernal dragón y de todas sus asechanzas, cuando salgamos de este mundo seamos presentados por ti, libres de toda culpa, ante la Divina Majestad. Amén.

 

Príncipe gloriosísimo San Miguel, Capitán y Caudillo de los Ejércitos celestiales, recibidor de las almas, Vencedor de los espíritus malignos, Ciudadano del Señor y gobernador, después de Jesucristo, de la Iglesia de Dios, y de grande excelencia y virtud; libra a todos los que te llamamos de toda adversidad y haznos aprovechar en el servicio de Dios, por tu precioso oficio y dignísima intercesión.

V. Ruega por nosotros, beatísimo San Miguel, Príncipe de la Iglesia de Cristo.

R. Para que seamos dignos de las promesas de Dios.

Todopoderoso y sempiterno Dios, que por Tu grande clemencia para la salud humana disputaste a San Miguel Arcángel maravillosamente por Príncipe de Tu Iglesia: concédenos que por su ayuda saludable merezcamos aquí ser defendidos de todos los enemigos, y en la hora de nuestra muerte, libres y salvados seamos presentados a Tu divina y soberana Majestad, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

Oración que San Miguel enseño a un devoto suyo

 

Señor, por Tu infinito poder y virtudes, y por los merecimientos de la pasión y muerte de Tu glorioso Hijo, te suplico tenga limpio mi corazón, y mi lengua enfrenada, y que haga tales obras como a Tí te agrade. Amén.

A ti, Serafín ardiente,

Cuya caridad flamante

Te hace lámpara brillante

De la luz indeficiente;

A ti, Supremo Asistente

Del Solío más soberano,

Arcángel el más humano;

A tí te busco propicio,

Para que en el tremendo juicio

Me favorezca tu mano.

Amén.

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